Jugando a la política en medio de la Pandemia

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Por Federico Barbaro

En los ultimos días hacer y hablar de política está mal visto y todos; segun la agenda establecida desde los “centros del poder”, debemos subir al mismo barco de la discusión exaltada, de la non Political: liberales, peronistas, trotskistas, todos, absolutamente todos. No importa, nada supone que la política es buena en tiempo de crisis, aunque siempre acudimos a ella para poder evitarlas. Juguemos a la política, pero no hablemos de ella, que nombrarla casi es una herejía, condenable e irresponsable. ¡Juguemos! y escudémonos en su falda corta y protectora, que seguro saldremos vencedores. Es la pandemia lo que nos altera, y no es para más. Nuestra vida corre peligro, y encima, por si fuera poco, dependemos de un Estado totalizador e incansable que se pone en la línea de fuego para la defensa del ciudadano. Y como defensor tiene su herramienta primordial, !El ejército! La fuerza que reaparece como salvadora, pongámonos en manos de ellos! ¡De nuestros verdugos y protectores! Juguemos  a la política.

Seamos serios, la situación está impregnada de irrealidad pocas veces narradas, impensadas en tiempo de obviedades y de saturación informativa. Hoy se acaban las artes orientales, la meditación no alcanza y en el occidente de la ansiosa ansiedad no hay lugar para la calma. Prefiero centrarme en una frase que hace lugar al momento y que a su vez es repetida hasta el hartazgo pero que carece de evidencias empíricas: “La realidad supera a la ficción“. ¡Estupendo! Hoy Hollywood tendrá una nueva expresión de la realidad para llevar a la pantalla. Porque el capitalismo es así, lo corrompe todo, todo le deja renta; todo sucumbe a su alrededor, pero él sigue erguido sin chistar. No perece, se agiganta, o al menos eso percibimos. ¿Podrá caer?

Insisto en los cuestionamientos y me pregunto nuevamente ¿qué es lo qué me pone reflexivo? o mejor dicho, ¿por qué me asalta en este momento la necesidad de “analizar” la situación? En momentos de incertidumbre mundial, y de estrés agudo del lumpen-proletariado, el COVID-19, conocido informalmente como “coronavirus“, sacude al mundo y deja paralizadas las economías de las potencias y de los principales países europeos; haciendo de los liberales fervientes hijos de la causa estalinista. Además, y en avance como un ejército frente a un enemigo en retirada, el virus con nacimiento en Wuhan, China, recorre el globo con velocidad supersónica, misma velocidad con que acapara el pánico de los países con serias imposibilidades de hacer frente la peste. Estamos a merced de un régimen económico que nos hace cavar nuestra propia fosa  ¡Qué los muertos de un sistema individualistas se preparen!

Y ese manto neoliberal (¡ay los liberales!) desarticula la normalidad política y los involucrados no podrán hacer la plancha. La situación revela a los incautos, a los oportunistas y a los ineficientes. Algunos reaparecen en la escena como el desaparecido Leopardo de Zanzíbar; otros, como los liberales de panel, se esconden al pedido de más intervención estatal. Los hay de todas clases y tipos. Contradictorios hasta el hueso. aquí prefiero hacer un parate, no por los habladores, sino por el rol del Estado,  y ya que estamos hablando de él, de ese inmenso abstractivo, es inevitable cuestionarse el “¿cómo lo está sobrellevando este gran aparato burocrático al que ponemos todas nuestra fichas?” la respuesta estatal no deja de ser la esperada: primitivista y anacrónica, y en algunos casos, como en nuestro país y gracias a la compostura de nuestro presidente Alberto Fernández, a tiempo.

Sin embargo, en la mayoría de los lugares del planeta dependió (y depende) de locos trajeados, y su uso fue escueto, intentando hacerse omnipresente pero sin una idea clara: apostando por la “obligatoriedad” del encierro total y evitando en lo posible la circulación no más que para la adquisición de alimentos, del movimiento de trabajadores esenciales (primera línea de fuego) o por la compra de medicinas de primera necesidad (hasta ahora). Funcionando a medias, quizás evitando un propagación menor, pero no evitando su retroceso. A su vez, no puede ejercer de pacificador, y el público, apesadumbrado, deambula entre el miedo y la obediencia. ¡Qué paradoja! El terror esta vez no viene del aparato del Estado, sino es el mismo Estado el que está aterrorizado, y pasa, análogamente, y a partir de sus instrumento de modelación (medios de comunicación), sus sentimientos de pánico a su población.

En este sentido los gobiernos lloran, se ven indefensos, confusos ante una situación que los supera ampliamente. Es que su base de esquema económico se rige por la explotación del hombre por el hombre y a partir de esa premisa es que su maquinaria laboral no puede detenerse. El virus y el capitalismo entran en contradicción y la solución, obviamente, irrumpe contra los postulados dominantes de un sistema contrario a lo fraternal y colectivo. Es por eso, insisto, que los gobiernos se encuentran incapacitado de respuesta ante un combate a ciegas, en que cada avance supone una derrota, en el que, como todo sistema piramidal, se espera que la solución la tengan unos pocos. Y esos pocos, ¡teman!, juegan a la subestimación, al desinterés(…)

Porque la guerra (sí, porque esta batalla contra el COVID es una guerra) plantea un nuevo escenario y no da lugar a planes tradicionales. Las pandemias que se registran en la historia mundial nunca fueron enfrentadas con celeridad, y solo el tiempo fue el arma más eficaz que se encontró para hacerle frente a un enemigo que no da la cara y que se manifiesta de formas confusas y desmesurables. Y hoy el instrumento del tiempo, en una sociedad híper veloz y regida por la ansiedad del “ahora”, no es una opción. ¿Qué hacer, entonces, en una sociedad “hipermediatizada” y con fuerte sensibilidad al cambio? El escenario es nuevo y las respuestas lejos están de abundar.

¡Pero ojo! No sigamos buscando la respuesta en este presente de interminables vaguedades y de superfluos sentimientos epidérmicos que tanto distan de una solidaridad real. En mi seguir reflexivo las preguntas se hacen carne y en mi afición por la historia y en él mientras tanto de una cuarentena que se vislumbra como una luz al final del túnel (Gabriela Michetti Dixit), la cual todavía no veo/vemos, me pregunto: ¿Qué sintieron las víctimas de la Peste antoniana (165 – 180 d.c) en el Imperio Romano? ¿Enloquecían? ¿y los tuberculosos de las Américas? ¿Qué pasaba con los desafortunados humanos que nacieron durante la Peste negra? Seguramente tendrían sus propios verdugos, como nosotros. Igualmente, lejos estoy de la “teoría del jueves próximo”, nada es cierto ni absoluto y las especulaciones se ven obligadas a condensarse en los intersticios de la historia. Pero aquí estamos y algo hay que hacer, o pensar…

Y en el proceso de buscar soluciones y que estas respuestas sean omnipresentes, el lugar ideal no parece ubicarse en las democracias occidentales: ni la Europa continental ni los países más representativos de las Américas logran ponerse de acuerdo en la resolución de un problema que se agrava con el tiempo: Lo heterodoxo de las estrategias de control de la pandemia va de acuerdo a los ideologías políticas de los oficialismos de turno. Liberales que rehúyen del Estado como aparato protector, dejan a su suerte la salud pública, o por lo menos así lo hicieron los primeros días de contagios en sus respectivos territorios. Pero la realidad los apabulló y en última instancia tuvieron que tomar medidas de carácter urgente para detener los contagios; Por lo menos en los casos de EEUU con Donald Trump y Brasil con Jair Bolsonaro. Locos y Liberales, ¿los habrá cuerdos y liberales?

Ahora bien, ¿el pánico es por el riesgo de vida o por la posible caída de los cimientos de un sistema perturbado? o al menos, desde los conceptos de midcult y masscult ¿qué nos quieren hacer sentir y pensar? Si bien estos milimétricos enemigos pegan en el corazón de las economías centrales y de la globalización capitalista en general, la reacción buscada o, mejor dicho, la verdadera solución a una situación que nadie esperaba, no se encuentra en el propio sistema y los líderes no encuentran respuesta sí no es a partir de directrices propias de lo que hegemónicamente se instala como “regímenes totalitarios”. El mundo se da vuelta y crujen los sesos liberales al encontrar “soluciones” en el paradigma estatista. Hoy los brigadistas cubanos son más preciados que las inversiones en dólares.

Así es que la realidad abofetea el sentido común: La Salud se antepone frente a la necesidades de los Estados nacionales y la plusvalía deja de ser prioritaria para los sectores de poder del todo el globo. Si no se garantiza la vida, no hay plan económico que resista. Y bajo esta premisa los gobiernos no reaccionan, sobre todos los que, bajo la tutela total de la renta, no son capaces de resolver una situación que más que financiamiento, necesita presencia del estado y solidaridad ciudadana, esencia que no registra un sistema fuertemente individualista y meritocrático.

El temor se impone y la industria globalizada, de la masividad cultural y del miedo como herramienta correctora, genera una dialéctica entre pesimistas y optimistas de la coyuntura; están los profetas del cambio, quienes ven en esta Pandemia viento de cambios, y luego están los pesimistas, saboteadores de ilusiones que avizoran tempestades e implosiones sociales que desarticularan el modernismo aplastante de una sociedad industrializada y enajenada al capital. Apocalípticos e Integrados, escribía Umberto Eco.

y Aquí dejo mi escrito, porque los “cambios” no parecen tales, y los exegetas de revoluciones inexistentes tendrían, a mí entender, que bajarse de sus deseos y contemplar un mundo de conflicto permanente y que sufre los vaivenes de un régimen económico que lejos está de agotarse. Puede existir una aceleración de los procesos tecnológicos -que si ya están en un momento de transformación-, pero que las convicciones no se confundan con los eventos palpables y con los cambios que necesariamente estamos esperando. Porque como bien dijo Lenin “el capitalismo no caerá si no existen las fuerzas sociales y políticas que lo hagan caer.

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