El nacimiento de la infancia, un constructo moderno.

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El término “infancia” tiene un derrotero de amplias transformaciones a lo largo de la Edad Media, sobre todo en el período de su segunda mitad. Pero ciertamente debemos retomar varios de los aspectos y conceptos que se suscitaron en épocas y civilizaciones pasadas, previo a la inserción del niño como sujeto de derecho para poder determinar las alteraciones más importantes respecto de la infancia y su constitución diferenciada del adulto.

 

Uno de los cambios fundamentales sucede en la modificación del espacio colectivo (de la centralidad) que ocupaba el niño en la familia troncal, cuando este deja su “visual” pública y maleable determinada por la necesidad de perennidad de la especie, a una relación de privacidad dentro de un esquema de familia nuclear. Es aquí cuando la afectividad (sentimentalismo) toma un giro radical, y se convierte en fundamental para el cambio de percepción que el adulto (de aquella época) tiene sobre el infante.

Por otro lado, el traspaso de la familia gentilicia [1]a una familia nuclear[2], tuvo mucho que ver en el cambio de apreciación de los recién nacidos. Si tomamos en cuenta que -previo a la importancia de los lazos sanguíneos- los niños eran “adoptados” a elección (rito románico), bajo la tutela no necesariamente de sus congéneres, entonces, la infancia, lejos de ser un estadio inicial de la vida del ser humano, ni siquiera tenía las características intrínsecas de los modelos vinculares en los que hoy relacionamos a la niñez.

Es por eso que retomar los objetivos morales de la antepasada civilización romana, nos ayudará a explicar la cosmovisión moderna que hoy tenemos sobre la infancia.  Reconstruir a ese niño adulto, el cual no tenía ningún tipo de derecho como lo tiene en la actualidad, es primordial para dar forma a una nueva y renovada imagen del niño.

Sin embargo, el cambio más decisivo -en términos paradigmáticos e históricos- se vincula a la aparición de dos importantes “instituciones”, las cuales serán clave para la construcción de un nuevo sentido en la infancia: La educación y la nueva familia tradicional (familia menos extensa y nucleada bajo vínculos sanguíneos), serán los organizadores y los que moldeen un nuevo estadio de la vida (o los primeros años) del ser humano.

Respecto de la educación, el cristianismo tendrá una singular influencia en términos de escolarización, y el catolicismo, a su vez, fue el precursor moral del cambio de la relación entre el adulto y el infante. A partir de los vínculos entre la educación y la religión, el niño se comienza a modelar entre dos relaciones que a priori parecieran contradictorias. Aparece, entonces, un sentimiento bifronte, el cual se caracteriza entre dos posturas duales: severidad y ternura. Una nueva forma de mimar y educar al niño en su primera infancia: serán golpeados, pero también serán malcriados.

Producto de la “revolución de la afectividad” la individualización del niño,  entre los siglos XVIII y XIX, genera que el infante se “desvincule” del anonimato para transformarse ahora en una de las criaturas más mimada y queridas de la sociedad. Desaparece ese “sujeto” desprovisto de todo cuidado y acompañamiento; y reaparece una nueva cosmovisión del ser humano en sus primeros años de edad, y es por eso que podemos definir a la infancia como una construcción de la modernidad. 

Juan Amos Comenio, fue un teólogo, pedagogo y filósofo checo, que creía en la educación como forma única de independencia individual y colectiva, y que ésta, a su vez, jugaba un papel de vital importancia en la formación del hombre a lo largo de su vida. Para Comenio, la enseñanza debía enfocarse en tres fuentes necesarias e irrevocables: En el tiempo, en el método y en el objeto. Estas tres características daban sustento y complementariedad a las estrategias metodológicas y educativas de su propia corriente pedagógica/didáctica. De él retomamos toda la estructura gradual de las escuelas tradicionales actuales.

Fue, a su vez, el creador del destacado y reconocido escrito “Didáctica Manga” (1630)[1], en el que hacía mención al ideal pansófico de la educación, pero también en la necesidad de establecer ciertas normas (estrategias pedagógicas) para la creación de un hombre educado en los estándares de la necesidades humanas de la época. Fue un hecho “revolucionario” en el sentido de correrse de la alianza tradicional entre (educación-religión). Estableciendo así los modernos sistemas educativos actuales.

Es en este escrito donde aparece la “idea” teórica -y en un sentido- utópica, de “Educar todo a todos totalmente”, la cual se rige en la metodología y disciplina comeniana a partir de la idea de un “educando” homogéneo, que se identifique dentro de las reglas integradas, la cuales Comenio creía necesarias para el objetivo de llevar conocimiento a toda persona sin distinción.

Este ideal pansófico, llevó al autor a disputarle la centralidad educativa a la iglesia católica medieval. Y su principal objetivo era llevar la educación,  de un lugar sesgado, particionado y privilegiado, a un educación totalizadora y universal, que logre llegar a todas las capas (o castas) sociales, a partir del propio ser humano.

Ese “todo” universal era un sistema que tomaba a todo aquel excluido de la educación hasta entonces tradicional; desde aquellos que padecían algún tipo de discapacidad mental, hasta también las niñas que no eran incluidas en el sistema educativo de la época. Este grupúsculo religioso (cristiano) auspiciaba el libre acceso a la lecto-escritura y al cálculo, como modo de comerciar en sintonía de adquirir saberes matemáticos y literarios.

Entre las herramientas destinadas a estos objetivos, podemos considerar las siguientes disciplinas y ciencias educativas como ejemplo del método educativo universal (comeniano): Artes y Ciencias, Idiomas, formación en el ámbito ético (honestidad), adoración sincera de la religión (espiritualidad). Pero tampoco podemos dejar de lado que la corriente homónima se destaca, además, por la “enseñanza” interna (moral y espiritual) en son de la construcción de un ser “humano ideal”.

A lo largo de los tiempo modernos, la utopía comeniana fue defendida y promulgada por aquellos sectores que creían (y creen) que la educación es una herramienta de emancipación social e individual, destinada  a la liberación del conocimiento. Y es a partir de esta creencia, que hoy día existen variopintas trabajos académicos que enaltecen las viejas metodologías “comenianas”.

[1] La Didáctica Magna de Comenio, es el libro que transformó a la pedagogía en la Ciencia de la Educación e hizo que los pedagogos, de simples ayos que eran, se constituyeran en profesionales forjadores de ciudadanos.

Para comenzar hablando de las definiciones que Rousseau observa sobre la infancia, la niñez y la educación, es de suma importancia retomar las conceptualizaciones que éste da en su texto/libro  llamado “El Emilio” (parte I, II y V), en el que el autor caracteriza lo que para él debe ser un “educando ideal” (estudiante perfecto); de rasgos pequeño burgueses, de estilo europeo, varón y de clase acomodada.

Para Rousseau el niño es un ser inacabado que también carece de razón, y el principal objetivo, respecto de esta “deficiencia”, es lograr crear un ser autónomo, libre de las características agravantes de los adultos. Y toma esa drástica pero acertada definición porque considera una pérdida de tiempo buscar el “hombre” en el niño, ya que para el autor son dos sujetos infinitamente diferenciados, distintos uno de otro.

Rousseau, además, describe el lado “positivo” del niño; le da un valor, una significación biológica. Y cree en la necesidad del aprendizaje en esta “primera infancia”, cree en lo indispensable de aprender a servirse de sus “órganos”. Es entonces que el autor considera a la infancia como una instancia preparatoria de la vida adulta, pero no necesariamente debe tomarse al adulto (ya formado) como modelo a seguir del niño.

Debe respetarse cada etapa, diferenciar la infancia de la adultez y considerar, además, que cada estadio del crecimiento tiene su propia validez y naturaleza. Someter y comparar al niño a las necesidades del adulto, dice Rousseau, es alterar las instancias primigenias y vitales del niño. El infante tiene sus propios objetivos que no están modelados en los mayores, y debe empeñarse en tomar experiencia como modo de fortalecer sus capacidades emocionales y mentales.

El autor del “Emilio” ataca las estructuras morales de la época y considera que al infante se lo debe educar por fuera de estas abstracciones, ya que no están al alcance de su comprensión hasta que este no tenga los doce años de edad. Y quién esta apta para ser la guía de esos cuidados intensivos propios de la infancia, es sin duda que la madre. Rousseau la considera indispensable para lograr un equilibrio tanto físico como emocional en las estructuras mentales del infante.

Está a favor de una educación que se enarbole a partir de la libertad del infante, pero también está en contra de la plena tolerancia, ya que considera que el niño puede llegar a tomar una posición de dominio frente al adulto, tampoco considera valido la violencia. Es en este sentido que Jean- Jacques Rousseau intenta establecer un equilibrio para lograr un infante preparado para el futuro venidero.

Immanuel Kant identifica como principal objetivo de la educación la necesidad de que el hombre se salga, a partir de la disciplina (educación negativa), de su estado de animalidad hacia otro estadio característico por su humanidad. Es de esta manera que ejemplifica cómo el niño en su primera infancia debe -más que aprender- observar y obedecer lo que se les ordena. Al niño no se lo debe adiestrar, él debe ser un sujeto que sepa pensar, que se riga por principios morales y de “civilidad”.

Propio del autor es la siguiente frase: “El hombre tiene por naturaleza tan grande inclinación por la libertad, que cuando se ha acostumbrado durante mucho tiempo a ella, se lo sacrifica todo”. Es así que el autor recae una y otra vez en la imperiosa necesidad de disciplinar al hombre en sus primero años; por el contrario, este, será difícil de manejar y de cambiar.

Y en relación a estos preceptos, es que considera determinante acostumbrar a los infantes a los mandatos de la razón para eliminar cualquier rasgo de “barbarie”, ya que el hombre se hace hombre a partir y únicamente por la educación. Kant lo resume de la siguiente manera. “El que no es ilustrado es necio, quien no es disciplinado, es salvaje”. Insiste, además, que lo educativo y lo instructivo no deben ser meramente mecánicos, deben sostenerse bajo principio sólidos.

Su enfoque en lo educativo, entonces, funciona en dos comandos diferentes pero ciertamente complementarios: por un lado en la adquisición de la cultura :(por el hombre), la misma puede retomarse en el tiempo, y por otro lo disciplinar, que no puede esperar, ya que para el autor la barbarie se corrige desde un primer momento, pasado determinado tiempo esta se vuelve insalvable.

Lo educativo toma un rol inacabado en concepción kantiana, y el objetivo de dicha definición será su construcción de manera sincrónica a lo largo del tiempo. Considera a la educación como un arte, y como tal debe ser perfeccionado a lo largo de vastas generaciones. El niño, a su vez, no debe ser enseñado para el presente, debe ser educado para el devenir, para su futuro.

El hombre tiene que ser educado, en lo posible, sobre estos parámetros: En lo disciplinario, impidiendo que su intrínseca animalidad se extienda a su humanidad; debe ser cultivado, la cultura comprende la instrucción y la enseñanza; también en la prudencia, un hombre que se adapte a la sociedad; y por último, en la moralización, el hombre preparado para elegir “los buenos fines”.

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