Crónica: Camino a los escondites del Paraná

Camino a los escondites del Paraná

Por Federico Barbaro.

 

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Primer etapa: Organización.

El despertador sonó frenéticamente y culminó con un sin fin de pensamientos y fantasías que se movilizaron en el inconsciente durante toda la noche. El viaje rememoraba anécdotas, inverosímiles historias, famosas capturas, increíbles hazañas y valiosas aventuras, todo bajo un mismo régimen: el de la caña, el palo, el hilo y el acero.

El pensamiento revoloteó un poco más a pesar de estar recién despierto. En este tipo de ocasiones el levantarse siempre cuesta menos de lo habitual, el despabile es rápido y acelerado. En esos segundos de confusión se generó en mí una desesperación incontrolable, busqué el horario en el teléfono -quedarse dormido causaría un duro pesar para mi conciencia- para mi tranquilidad, el horario de la alarma correspondía a lo establecido la noche previa y me dispuse a ordenar los últimos detalles. La pesca siempre despierta un curioso y raro interés por la organización.

La mañana se veía diferente, el sábado no parecía un sábado “normal”, claro, las expectativas por el devenir hacían que mi mente afecte positivamente a mi cuerpo, lo activa, lo despierta de un sacudón, pareciera, desde un punto de vista pseudo medicinal, que lo llena de adrenalina. Ese repentino despertar activó mi instinto y lo primero que hice fue chequear de manera estructurada si todo estaba puesto en su lugar: el mate, la caña, el abrigo, las medias -varios pares-, el gorro de pescador, el protector solar. Todo debía estar debidamente organizado, un improperio en el medio del viaje puede ser considerado una falta gravísima para el colectivo de pescadores. Por eso la organización es vital. No puede faltar nada.

Ya preparado, me disponía a esperar en compañía de un dominio de frecuencia radial FM que desconocía. Me quedé escuchando a un viejo periodista relatar poemas de antaño, poemas que remitían a la antigua Grecia. Habrán sido 10 minutos de escucha cuando sonó/vibró mi teléfono, era Oscar y para mi sorpresa me avisaba con vos temblorosa, más por el sueño que por el frío,  que estaba esperando afuera de mi casa.

El encuentro estaba establecido para las 4.25 y él (Oscar) y sus otros dos acompañantes ya estaban en su camioneta esperando bajo la neblina de la madrugada a eso de las 4.05. En Fin, Corrientes nos esperaba y teníamos 8 largas horas de viaje que ocuparían la mitad de todo el viernes. Éramos 4: Oscar (conductor), Narigón (de copiloto), Cachete (el encargado del equipo de mate) y yo (el organizador).

Viajando..

Las ansias, a veces, son desmedidas y se generan expectativas que poco se aseveran en la realidad, pero todo tiene su funcionalidad, esa misma ansiedad hacen de las ganas un motor vital para lo que se viene: Barro, suciedad, anzuelos clavados en los dedos, frío, calor, frustraciones y demás aserciones de un viaje de pesca.  El recorrido comienza y la noche, aun oscura, realza la imagen de un auto cargado al tope por instrumentos que, en nuestra imaginación grupal, harán que la pesca sea fructífera. Sólo imaginación.

!En el diario leí que estaban sacando doradillos y amarillos (Bagre de bigotes de dicho color)! Arranca con la conversación el conductor, ¿sí? – pregunta Cachete, otro con creíble inseguridad-  Si, repite con mesura. -el reloj, además marca tres pescaditos, claro indicio de que habrá pique este sábado,  reproduce el co-piloto con claros gestos de emoción.

Al margen de la discusión, siempre imaginé que esos desvaríos comunicacionales, sean verdadero o no, generaban un clima de euforia, de esperanza, y las creía necesaria para una jornada que podía caer en la frustración rápidamente. La pesca es eso, puro “chamuyo”. Las posibilidades de tener una buena jornada existen, pero son muy escasas. Mayormente recordamos más el asado que nos comimos y alguna anécdota graciosa, que lo que se pesca en sí. Pero la quimera siempre esta intacta y eso es lo que aviva el ritual de la pesca: La ilusión, la esperanza de saber qué es lo que puede salir de aquellas aguas correntosas, amorronadas y llenas de misterios.

Imagino al río y observó un sin fin de laberintos, de riachos y brazos que desembocan en un misma boca, desembocaduras que terminan dirigiéndose hace el océano atlántico o hacia las profundidades de la amazonía en Brasil. Pensaba que nosotros quedamos en el medio, donde las especies, en pleno recorrido, se encuentran con nuestras trampas, simples y casi primitivas. Sin embargo, el problema para aquellas nobles especies acuíferas no éramos nosotros, sino, más bien, la industria pesquera, aquella que arrasa con el río, que deja a especies al borde de la extinción, que no las dejan crecer, que lo único que le importa es facturar y que deja expuesta a miles de especies a las decisiones económicas. Son solo Pensamientos que me asaltan a la cabeza mientra viajamos por la recta Ruta nacional nro. 12.

Ya para las 10 de la mañana estábamos cruzando la frontera de Entre Ríos, mas precisamente  llegando a la ciudad de La Paz. El cansancio era notorio, los mates habían dejado de circular, y las canciones de los discos se volvían a repetir una y otra vez.  Aun quedaban 87 Km. para llegar al destino enmarcado, la Ciudad de Esquina, Corrientes. El cuarteto estaba fortalecido, quedaban menos de 60 minutos para el arribo final.

Pues, nuestros viajes al norte del país tienen una explicación, estética visual sí caemos en los detalles. El éxodo representa un recorrido por la geografía del país, salir de la urbe es una forma de terapia, y encontrarte con un universo natural genera, a mi parecer, una reminiscencia de nuestra naturaleza como seres humanos, volvemos a sentirnos y distinguirnos como seres primitivos, quienes para comer (sobrevivir), necesitan de la caza o de la pesca.

Otra razón por la cual subimos por la ruta 12 son los paisajes: Los riachos (aguas que se aparecen a la vista tan rápidamente como desaparecen), los árboles y la fauna de Los Esteros del Iberá. Maravillas naturales que tenemos tan solo a 680 Km. de la provincia de Buenos aires. Naturaleza que no vemos en lo canales de documentales, o que tampoco percibimos en las ciudades. El pescador es en sí mismo un aventurero con ciertas características de etnólogo: no se queda en la casa, sale en la búsqueda empírica y “experiencial” del terreno, es un explorador que intenta dominar y entender la naturaleza de su entorno. En fin..

Ya llegando a los alrededores de la ciudad de Esquina, nos disponemos a comprar la carnada, que dependería, casi exclusivamente, de lo que estaban pescando los lugareños (palabra santa para los aficionados de la pesca), pero dependía también, de la época del año. En verano son los dorados quienes dominan las aguas de las provincias de Entre Ríos y Corrientes. En invierno (u otoño) más asiduamente se sacan surubíes, bogas, manguruyú, corvina de río, mandubí o bagres amarillos. Pero a pesar de los datos duros, la pesca  no siempre es lógica, puede pasar cualquier cosa. Por ello nuestro instinto nos guío hacia las palabras de los lugareños. ¡Y qué no se diga más!

Era invierno, pero la temperatura se alzaba entre los 20 a 25 grados. Los oriundos nos insistían con que vayamos por la busca de surubíes, “están saliendo de 15 a 18 kg” nos dice un correntino almacenero. Para nuestra sorpresa no era el único, donde quiera que fuéramos ese día la premisa era la misma, debíamos ir en busca del pez atigrado. Me reía solo -nuestras caras lo decían todo- sé que cada uno se imaginaba así mismo luchando contra ese pez gigante.

Después del recorrido de la “city”, nos Ubicamos en el hotel donde íbamos a descansar y nos dispusimos a cambiarnos, preparar el asado, destapar algún que otro aperitivo, y esperar hasta el otro día, bien temprano, la salida de la lancha que nos embarcaría por las perdidas aguas del Paraná.

Sentados y esperando el asado de “achura” que muy gentilmente se dispuso a preparar el “Narigón” llegó el momento de escuchar las clásicas exageraciones de los viejos pescadores. Primero se acercó uno de los encargados del hotel, que para nuestra sorpresa traía, si no recuerdo mal, 3 o 4 pacúes para tirarlo derecho a la parrilla. “Tomen muchachos, cortesía de la casa” nos dice mientras tomaba asiento y se destapaba un vino rosado. Obviamente que nuestra formalidad quedó de lado y aceptamos rápidamente.

Nuestras miradas atentas esperaban, con notoria ansiedad, las palabras de aquel erudito de la pesca de los ríos de aquella lejana provincia. Hicimos silencio, y el “invitado” no tardó dos minutos en arrancar con sus fantásticas historias. “La semana pasada estuvieron pescando dorados, bagres y bogas de gran tamaño. Se está sacando variada” (Variada llaman a la pesca de distintas especies en una misma excursión), “Quédense tranquilos gurises, van a tener una buena jornada, la luna está en cuarto menguante y soplan vientos del noreste, perfecto para la pesca de bagres y surubíes”. Añadió el encargado

La charla siguió su curso por lo menos por las dos horas siguientes. La noche fue larga, la espera se hizo eterna. El asado se había comido y para las 1.30 de la mañana ya estábamos todos acostados, conversando en la oscuridad total de la habitación. De a poco las voces se fueron acallando y el silencio dominó por completo el cuarto de hotel. Dormimos, los que pudimos, tan solo 4 horas.

A lo nuestro.

Ya para las seis de ese mismo día estábamos (todos) vestidos y equipados esperando al guía para que nos llevara por lo que fuimos, a las aguas de Esquina para el comienzo de la cacería. Sonó la puerta, era él. Nos pusimos en fila delante de la puerta y encaramos directo para afuera. “¿tienen todo muchachos, no se olvidan nada?” Preguntó. Nos miramos para corroborar la inseguridad de alguna ojeada que indique alguna duda. El silencio nos dio la respuesta. Nuestra cabeza esta hechizada por lo que vendría, si nos olvidábamos algo nos íbamos a dar cuenta mas tarde: La caña, la carnada y los reeles estaban, y eso era lo importante.

El motor se puso en marcha y la lancha arrancó derecho y sin desvaríos hacia el medio del río.  El agua salpicaba nuestras caras, estaba fría y generaba una sensación de frescura – a pesar de ser pleno octubre el calor pegaba fuerte por aquella zona – mientras el Guía, cantor de folklore, nos deleitaba con una canciones de origen propias. Se lo notaba emocionado al entonar estrofas.

Nosotros mientras tanto fuimos a lo nuestro, nos encausamos a armar nuestras cañas para el asalto final: Reel, plomada y las artimañas eran las principales herramientas para la busca del dorado y el surubí. La carnada, de difícil agarre, se constituía por morenas y mojarras, principalmente. Ya estábamos listos, pero el viaje en lancha recién había constituido un cuarto de su total.

En los Esteros del Iberá no es difícil encontrarse con extraños animalejos o alimañas de gran porte. Pero a razón de espeluznantes especies el paisaje destierra todo peligro que acecha. “¡Miren a los lejos!”- nos grita el guía señalando con anunciado apuro. “Allá” – grita- “Miren ese pelaje rojizo, esas patas alargadas y negras”. “¡Es un Aguará guazú!”. La verdad que nunca había visto un bicho de esos, ni siquiera los tenía conocimiento e su existencia.  Grave error, era un zorro enorme, precioso, de pelaje rojo y largas, larguísimas patas color negras. Una belleza.

Ese avistamiento me dejo extrañado, mi psiquis pasó de pensar solo en como encarnar con el anzuelo de 10cm, a disfrutar del pasaje que estaba frente a mis narices. Los esteros eran hermosos, los paisajes parecían sacados de un documental del Dicovery Channel, estaba ahí y era todo nuestro. “Llegamos jóvenes, encarnen y tiren para sacar a la bestia” nos sorprendió el guía. El motor paró y el ruido de la hélice se cambió por el ruido de las cañas agolpándose unas con otras.

El primero en tirar fue cachete, que ya desde la noche anterior se notaba que era el más desesperado por la pesca. Era nuevo en esto, él era un pescador de orilla del río de la plata, estaba acostumbrado a pescar pejerreyes, dientudos,  peces que no miden mas de 45 centímetros. Hoy tenía la posibilidad de sacar una bestia de 80 kilogramos, era comprensible su agitación. Luego de Cachete le continúo Narigón, después Oscar y por último el guía y yo. “Apenas sientan el tirón recojan con cuidado, y luego de aproximadamente cinco segundos claven la línea” nos explicaba el pescador y cantautor.

En un principio la calma, todo estaba en un imperturbable silencio, nada más se escuchaban los cardenales de copa roja,  ejemplares que solo tenia visto en las jaulas y pajareras de los parques de Wilde, mi ciudad natal. El ruido del filamento de una línea contra el gris acero de una caña vecina me despabiló, al Narigón le estaba llevando la boya vaya a saber que bicho de bajo de aquellas aguas. La boya, color roja se movía de norte a sur, de este a oeste, se hundía y salía a la superficie. El guía, mientras tanto, calmaba al susodicho: “tranquilo, recogé con calma, tranquilo que ya lo tenés” le replicaba con notoria tranquilidad.

En esos cinco minutos de incansable lucha se asomó por el costado derecho del bote una aleta negra, no parecía un pez de los que estábamos acostumbrado a pescar. Luego de otros cinco minutos el Narigón pudo con su presa, era una mantarraya de, si mi visión no me fallaba, unos cuatro kilogramos aproximadamente. Un bicho del que hay que tener un especial cuidado ya que Posee un aguijón en su cola, un accidente con  él puede derivar en grandes dolores e incluso, si el animal es de gran porte, hasta la muerte. Por eso el encargado de sacar el anzuelo y devolverla a las turbias aguas fue nuestro guía, que con un beso en la cabeza del animal lo despidió como cábala, según supimos luego.

A partir de esa captura los piques se hicieron la norma. Fui el Primero en poder sacar dos dorados de pequeños tamaño, luego Oscar sorprendió con un hermoso surubí de tamaño estándar. Cachete  no se quedó atrás y logró la pesca de un bello ejemplar de manguruyú. Toda captura era devuelta. Las multas por tráfico de fauna eran penadas con importantes sumas de dinero, hasta le podían sacar la licencia a nuestro guía de pesca. Así que como buenos samaritanos nos apegamos a las reglas y no almorzamos de ningún animal.

Al final del camino.

Hasta el mediodía tuvimos un buen día de pesca, entre todos habíamos sacado, en promedio, un total de 22 peces y un rodilla rota. Pues yo, en un intento de clavar, lo que creía un gran dorado, resbale del bote y pegué mi rodilla contra el borde de la proa. Allí quedé tirado hasta que mis compañeros pararon de reír. En mi recupero me avivo que la caña seguí ahí, desesperado lo tome nuevamente y para mi desgracia la línea se había cortado y lo que traje fue solo un hilo sin plomada ni anzuelo. Me invadió una profunda tristeza y volví, pacíficamente, a armar la caña de nuevo.

Ya para la una del mediodía el pique había cesado de manera total, con la lancha estuvimos buscando por cada pozo que el conductor conocía. Pero nada, pareciera como si los peces hubiesen desaparecido del río. “No tienen hambre” repetía Oscar constantemente. Nuestras esperanzas por capturar un gran monstruo de río iba desapareciendo a medida que pasaban los minutos; y la cañas seguían allí, tensas y sin movimiento que perturbara aquellas calmas aguas

La pesca terminó así, con 22 especies capturadas. Ni poco, ni mucho, solo que nos sobró toda la tarde. Hay días peores en los que no se pesca nada, en el que ni siquiera sentís la gloria del “pique”. Ese movimiento repentino que tironea la línea y percibís que algo mordisquea la carnada. Para nosotros las estadísticas marcaron un buen día de pesca y por eso el viaje de vuelta en la lancha se hizo más que agradable.

Es allí donde comienza a florecer el ego, donde se discute exageradamente cada logro, donde se solventan las bases de los que se va a decir después: en el hogar, en el trabajo, en el grupo de amigos. Ante la escucha atenta del guía, que pega un volantazo al ver venir un junco de gran porte contra la lancha,  surgen fuerte argumentaciones para definir quién pescó más que todos, el más grande, el más raro; burlándonos, también, del que pesco menos. Una especie de inocente crueldad se apodera de nuestro ambiente.

La pesca es eso: Chamuyo, exageración, mentira. Contamos pequeños eventos como dramáticas situaciones. Lo narramos en forma de cuento, al fin y al cabo vamos en busca de eso: de aventuras, de historias que contar. Lo sufrimos, claro, pero la sensación de paz que te da un día de pesca no lo he encontrado en ningún otro lado. Por eso estaré listo para viajar y volver a sufrir el frío, el calor, los anzuelos clavados en la piel, el barro, la suciedad y frustraciones varias. Todo por amor al conjunto de la caña, el palo, el hilo y el acero.

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