Ensayo: El conocimiento en boxes

 

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La gobernadora de la provincia de Buenos Aires María Eugenia Vidal dictaminó, más por prejuicio de clase que por argumentaciones estadísticas, que la gente pobre no llega a estudiar en las universidades públicas del país. En una charla que brindó en el Rotary Club, la ex jefa de gobierno de la ciudad Autónoma de Buenos Aires, se despachó, sin atenuantes, en prejuicio y en contra de la gente de menos recursos.

En esta nueva etapa de ajuste, devaluación del peso y tensión cambiaria, el achicamiento -o desvíos- del gasto en el Estado llegó también a una rama sensible de la sociedad, la educación. Si piensan que los dichos de la gobernadora fueron un simple furcio, están equivocados. El discurso beligerante que se tiene contra la educación pública por parte de los gobernantes, viene desde la campaña electoral. Se acuerdan del “¿Qué es eso de tener universidades por todos lados?”

Ese prejuicio no es nuevo, siempre resuena y resonó en las familias trabajadoras argentinas. No es fácil las miradas de recelo que se enquistan en tu espalda cuando planteás tus ganas de continuar en algún estudio superior. El miedo al futuro, al desconocimiento de los lineamientos entre el trabajo y el estudio – desconocido para gran parte de la masa trabajadora argentina-, ese terror a lo desconocido, ese deambular entre el deseo de realizarse académicamente, pero  con la inevitable necesidad de comer y de sobrevivir a un mundo confundido, “meritocrático”;  que deja a los “olvidados” del sistema a utilizar/desgastar su cuerpo en beneficio de ese capital que lo haga sobrevivir. Pues, Salimos de los colegios listos y preparados para ser mano de obra barata, para dirigirnos sin chistar hacia las fábricas.  El mismo entorno te moldea para creértelo.

Las instituciones terminan funcionando como aparatos ideológicos del Estado.  Vidal, “la gobernadora coraje”, bien lo sabe y los utiliza y manipula para su bajada de línea. Como bien dicen algunos funcionarios del oficialismo “les hicieron creer que podían comprar un plasma”. Necesitan que “el pobre” rompa con sus ilusiones,  que se acostumbre a una vida monótona y sin aspiraciones. No sienten, no tuvieron los vivencias de nosotros, los CEOS no ven más allá de sí mismos. El esfuerzo del colectivo familiar, el sudor de 10 u 8 horas de trabajo, el dolor de que a veces, la familia necesita de un sueldo más para solventar los gastos; y el estudio, en ocasiones, se vuelve inviable, imposible. Justamente por eso, Para quienes pertenecemos a la “clase media”, los dichos de María Eugenia calan hondo en nuestra propia historia. Nosotros, trabajadores, no tenemos la oportunidad de elegir, se estudia o se trabaja, no hay tutía.

Sería importante saber qué entiende por pobreza la dirigente. Argentina es un país que demográficamente no está equilibrado y más de la mitad de su población se concentra en la provincia de Buenos Aires. Desde 2002 a la fecha se crearon nada menos que 10 universidades públicas en la provincia. Siempre fuimos un modelo a seguir en torno a nuestras instituciones públicas, tenemos universidades bien catalogada mundialmente, acogemos a muchos hermanos latinoamericanos que vienen a formarse profesionalmente. Y hoy no sólo le cerramos las puertas a “ellos”, sino también a nosotros.

Las universidades alejadas de los grandes centros urbanos generan imposibilidades para los sectores sociales (que no precisamente están vinculados con la pobreza). La clase media también padece las distancias, los gastos y la desidia gubernamental. Pues, en sintonía con las políticas de ajuste del actual presidente argentino, Mauricio Macri, se detecta un sistema político que más que integrar, descarta. Se mira con ojos de ganancias a las instituciones, y en consecuencia, el aspecto social y solidario queda de lado. La educación es un costo y por ello hay que pagar. No creen en un sistema que iguale a los que tienen con los que no tienen, desean el sistema educativo a la chilena.

Podemos comprender el discurso desde un punto de vista ideológico, pro empresarial y meritocrático, pero también comprenderlo desde los escenarios que propuso el FMI como condición del préstamo en dólares: en Ucrania, por ejemplo, la entidad económica pidió ajuste en educación pública; solicitó, para ser más detallados, el cierre de universidades. ¿En Argentina pidió lo mismo?

En fin, la discusión, en lugar de centrarse en crear las condiciones necesarias para aquellos sectores que se encuentran en la periferia social, se centra en los gastos que le lleva al Estado el mantenimiento de los sistemas educativos. Cuando se toma a las personas como simples números de un Excel, se los termina por descartar. y en ese sistema operativo somos nosotros los suprimidos de este nuevo modelo de Nación -no sólo los pobres, somos también la clase media- Porque para ellos somos un gasto, un problema que tampoco merece  la ayuda del Estado. La clase media tiende a reducirse – a desaparecer- en razón de que este modelo económico crea pocos ricos a costa de muchos pobres.

Somos los pobres que no tienen la opción de elegir. Somos ellos, los excluidos. Los vencidos por el monetarismo. Hoy nos toca la responsabilidad civil de defender la educación pública. Los que tenemos el orgullo de estudiar en la universidades públicas no podemos mirar para otro lado, porque mañana caeremos en la nostalgia de lo que fue y lo que pudo ser. Estarse quieto o quedarse paralizado es darle la victoria a los mercados. Nosotros somos la cara de lo público, de lo solidario, y por su causa debemos luchar.

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